Un sábado por la mañana, me encontraba caminando por el Paseo La Trinidad cuando creí ver a Carlos. Me acerqué a verificar. Estaba tirado en el suelo, bajo un árbol de flores color lila. Su ropa estaba pálida y sucia; a su lado se hallaban tres pequeñas pelotas bicolor. Sí, era Carlos mi amigo de la infancia. La curiosidad me llevó a reducir la distancia que nos separaba. Lo saludé. Le costó reconocerme. Me sonrió. Yo también le sonreí. Le pregunté titubeante qué estaba haciendo allí. No me contestó, tan sólo bajó la mirada. Sentí pena por él. Le pregunté si tenía alguna cuenta bancaria y, después de haber anotado sus datos en el reverso de un recibo de compra, saqué mi BB del koala y a la velocidad de mis pulgares comencé a transferirle quinientos bolívares fuertes. De sentirme buena y generosa, pasé a sentirme desconcertada porque él rechazó mi obsequio, alegando que era muy poco para aliviar su desgracia. Se levantó en silencio, tomó las pelotas y las lanzó, una tras otra, dibujando con ellas una esfera en el aire. Lo observé unos segundos. Entonces tomé de nuevo mi BB y con el firme y preciso movimiento de mis pulgares sobre el diminuto teclado, le transferí mil bolívares fuertes esperando de su parte un gesto de agradecimiento; pero Carlos insistió en que era poca cosa lo que le ofrecía. Sentí rabia e indignación, no lograba entender su actitud. Le pregunté qué quería. Atrapó una tras otra las pelotas y las colocó en el suelo. Se acercó tanto a mí que pude sentir el olor a manzana podrida y cloro que transpiraba su cuerpo. Me tomó firmemente por los hombros con sus manos de cadáver, clavó sus ojos desorbitados en mis labios secos, luego penetró las pupilas que lo reflejaban... y estando ambos con respiración de maratonista me dijo “quiero tu BB” mientras me arrancaba el aparato. Corrió como un perro espantado hasta desaparecer entre la cortina de árboles que se enfilan a lo largo del riachuelo, dejando mis pulgares huérfanos de teclado, y en el suelo un trío de pelotas bicolor.
Aquí está mi reflejo. Siente cómo abre una rendija por donde se escapa la luz y lanza allí, en ese flujo coloidal, palabras sin significado aparente que acarician o golpean el hipotálamo; y más tarde, cuando el sol se desliza detrás del contorno impreciso de la tierra, se desvanecen entre las sombras de los intrincados bosques dendríticos. Se escapan. Así son los espejismos.
domingo, 19 de febrero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
EL VIAJE
Cruzo el océano. Busco una estaca clavada en el vértice. A mi paso, escribo mensajes secretos, enigmas develados por niños que yacen sobre la hierba. Colgada como estoy, con esa delicadeza que permiten los hilos de nylon, me balanceo ayudada por las Sílfides. Lejos, la soledad, tal vez otras, o lo azul. Cerca, los rayos, la tormenta. Mejor arriba que abajo, aunque haya que escurrirse entre los dioses (a veces es bueno ser invisible).
En el límite divino, saludo los colores del adiós, allí está la estaca. ¿Cómo iba a saberlo? No era obvio. Está junto al muro de piedras calcinadas, debajo de un reloj de cuerda. La cuerda está rota. Me acordé que volaba porque todo se oscurecía a mi paso (gusta esa sombra gélida).
Corta los hilos, córtalos ya, cuando amanezca la estaca estará húmeda, y yo, habré desaparecido.
En el límite divino, saludo los colores del adiós, allí está la estaca. ¿Cómo iba a saberlo? No era obvio. Está junto al muro de piedras calcinadas, debajo de un reloj de cuerda. La cuerda está rota. Me acordé que volaba porque todo se oscurecía a mi paso (gusta esa sombra gélida).
Corta los hilos, córtalos ya, cuando amanezca la estaca estará húmeda, y yo, habré desaparecido.
viernes, 20 de enero de 2012
SOY DE AIRE
Soy de aire
el mismo que sostiene
mis alas de fuego impermeable
mi pecho desnudo y firme
ligera, transparente.
Acaricio invisible lo que quiero,
terciopelo rosa, matiz violento
y cuando quiero hago trizas
las paredes, las puertas corredizas
también los puentes de bases roídas.
Soplo a millas las culpas,
que flotan en el agua inquietas,
esconden ciclones rojos
movidos a empujones
por las piedras que caen al río.
Soy inasible,
sin color aparente que etiquete,
el ritmo de mi danza
mis caderas revueltas
en el placer de envolver al mundo,
o de jugar con las crines de un caballo alado.
martes, 6 de diciembre de 2011
EL AMOR Y LA ESTUPIDEZ
El amor alimenta nuestras emociones, propicia el almacenamiento de un gran flujo de información y aclara nuestros pensamientos. A pesar de ser cierta esta afirmación, la idea predominante es totalmente contraria: el amor y la estupidez van de la mano. La razón de esto es porque al comienzo de una relación amorosa (que puede ser establecida con otro ser humano o, un objeto tangible o intangible, porque también se aman las ideas, el arte), lo emocional, lo instintivo aflora de tal manera que deja poco espacio para las ideas lógicas y prácticas. Eso nos hace actuar torpemente. Tenemos los ojos vendados, hay mucha información por develar, somos curiosos, nos gustan los enigmas. Pero cuando lo emocional y racional entran en equilibrio, es abono perfecto para nuestro avance y el cumplimiento de nuestros objetivos en la vida. No es azar manifestar que este mundo fue hecho por Dios con amor. No hay creación posible si el amor no está presente.
Cuando somos felices nuestro cerebro produce ciertas hormonas como la noradrenalina, que favorece la sinapsis entre las neuronas, lo que nos permite la construcción de nuevas ideas y agudiza nuestra inteligencia. Por el contrario, cuando estamos deprimidos, se produce el efecto contrario, nuestro cuerpo fabrica sustancias que destruyen nuestras neuronas, opacando nuestro discernimiento, y ni hablar si en medio de nuestra depresión, añadimos alcohol a la mezcla, se nos nubla algo más que el pensamiento.
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Lo que es cierto para un individuo, podría ser cierto para su conjunto. Las sociedades avanzan en períodos donde se manifiesta la paz y la unión, cuando todos juntos trabajamos por un fin común y un sentido de pertenencia está latente, allí está presente el amor. En cambio, en periodos de guerra, de división, sólo hay destrucción y atraso. Los conflictos tienen muchos orígenes, y el peor de todos es el ansia de poder, de dominio total, de imponer reglas absolutas que sólo benefician a un sector de la población, y con las que no todo el mundo está de acuerdo. Hitler y Gengis Kan anexaron territorio tras territorio a sus dominios; luego estos quedaron estériles, sin inversión, ni producción, ni desarrollo, sólo se enquistaba la guerra y la destrucción. Maquiavelo en su libro “El Príncipe” afirma que "el poder corrompe", y de lo corrupto no pueden surgir cosas que beneficien a la sociedad. Es allí donde se alberga la estupidez, en la inmediatez, en la aceptación emocional de ideas sin proyección, en lo ideal en detrimento de lo real.
Propaguemos, pues, el amor y el bien para facilitar nuestro avance personal y el de nuestra sociedad. Les deseo la mejor Navidad posible, disfrútenla a su manera, como les guste, como la sientan. En el 2012 nos veremos de nuevo. Besos para todos.
Propaguemos, pues, el amor y el bien para facilitar nuestro avance personal y el de nuestra sociedad. Les deseo la mejor Navidad posible, disfrútenla a su manera, como les guste, como la sientan. En el 2012 nos veremos de nuevo. Besos para todos.
lunes, 28 de noviembre de 2011
EN AQUEL JARDIN SECRETO
Tus besos, allí están tus besos; ocultos entre los árboles, las rosas y el pasto verde. Siempre corro a buscarlos en este mundo lejano, íntimo, sublime, en medio de una paleta de colores danzantes, entre la delicada mezcla de trinos, zumbidos, susurros… Hoy no has llegado y se hace tarde. He traído chocolates belgas en forma de conchas marinas para compartirlos contigo mientras recorremos con los ojos, con los pasos, esta obra de trazos perfectos. Me recuesto sobre el manto verde y miro hacia arriba, contemplo esos vapores condensados que pasan ante mis ojos; me pregunto si estarás aquí antes de que se conviertan en sombras blancas. He pillado un par de pajarillos que están atareados llevando ramitas hasta el árbol cuya sombra me cobija. Bajo este árbol tomaste mi mano por primera vez. Recuerdo que temblaba, todo mi cuerpo temblaba, mis manos estaban frías y sudorosas, y tú no te decidías, no sabías qué decir, cómo decirlo. ¿Será que tú también temblabas? Cerré los ojos un instante y al abrirlos encontré los tuyos. La belleza circundante se hizo más bella, cuando surgió otro beso de esos que se esconden en este jardín secreto.
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